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domingo, 4 de mayo de 2014

★ciento uno que no somos dálmatas




Entonces habrá que escribir alguna cosa que hable del amor y de las plantas ahogadas del patio, que hable de las máscaras que puede alcanzar la lujuria, el agua estancada, la cuerda con que nos suelen maniobrar los sexos, la paciencia atormentada.
Entonces habrá que pecarse las perfecciones con manchas de rush en los cuellos de las camisas y gusto a marihuana en los premolares, y así, pecadoras y todo, habrá que canonizarlas. Entonces habrá que contaminarle la papa al estofado y discriminarle los desperdicios adheridos a la loza maltratada del plato, habrá que entregarles a los gatos todos los techos con las goteras limpias.
Entonces habrá que ofuscarse un poco, que corromperse los recuerdos y que procurarse pensamientos cínicos en cada cornisa del mundo en la que todavía no nos hayamos parado; habrá que sospecharse siempre en quiebra, con la confianza resentida y la imaginación exhausta. Entonces habrá que caminarse constantemente las vísceras con los talones ampollados y la mitad del césped del sendero sin terminar de podar.
Habrá que inmortalizarse todas las vidas, entonces. Habrá que aplicarles piedra pómez a los cuerpos de caballería, a los de bomberos voluntarios y a los de muñecas Barbie prefabricadas; habrá que aparecerse a primera hora en la oficina con el lampazo de corbata y el envoltorio de los hígados y de los corazones empapado en vinagre.
Entonces habrá que apagarles las alarmas, las bocinas y los timbres a todas las bocas entreabiertas por las que salgan letras escritas (que total vienen siendo todas sordas); habrá que inventarle a deseo algún otro sinónimo y a la chusma aristócrata alguna otra sociedad, en la que pueda vomitarse las falsas elegancias sin tener que andar leyendo el prospecto.


Entonces habrá que escribir alguna cosa. Habrá que hacerle unos cuantos hijos a la vanguardia abandonada del alfabeto y habrá que proveerles después algún tipo de educación, algún tipo de mentira, de utopía, de cuento de hermanos Grimm. Entonces habrá que quedarse para verlos desaparecer, habrá que aguantarse. Para cuando hayan vuelto – ya convertidos en libros de textos o en envases domésticos de frutas y hortalizas – habrá que autoabastecerse de alguna otra manía, habrá que salirse del invicto, habrá que escapar.



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