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viernes, 30 de mayo de 2014

★ex profeso




A sabiendas
de que la vida no sobra,
lloran, lloramos;
gritan, gritamos.
Los verbos que solíamos conjugarnos
son nuestra nueva mentira de final abierto,
la mugre apelmazada debajo de la uña,
los frascos apilados en el botiquín del baño.
Mojan apenas estos papeles inútiles,
lloran
gritan
mienten.
Lastiman mejillas.
Se hacen maricas.



de entre los ruidos ©, 2015.


lunes, 19 de mayo de 2014

★al que madruga*



Te levantaste.
Fuiste a comprar cigarros
aunque sabés que no te los vas a fumar.
Desfondaste los cajones de la cómoda
buscando qué ponerle al cuerpo.
Pasaste lista.

Te levantaste y notaste que,
para la gloria de males,
estabas al revés,
como uno de esos relojes antiguos
que solían traer todos los números y el segundero manco.

Lo mismo que la estrellita diurna
preferiste no andar ventilando el cuerpo por las alturas
(por esto de la superstición dramatúrgica
del amarillo en escena)
y te viste en la obligación
de insistirle al olmo
con lo de las peras.

Te levantaste.
Desayunaste algunas malas noticias y
te descubriste.
Te levantaste y te arrugaste los dientes.
Con la pasta bucal que te venía sobrando
pensaste en la poesía oculta
que desprenden
las cortinas de seda oscura rozando el suelo.
Lo pensaste
pero sin haberte tomado la molestia
de romper a letras el verso anterior.
Lo pensaste, sobre todo porque la tierra,
en este lado del cosmos grasiento,
no es ni roja ni amarronada. Es blanca.
Y lo blanco hace mal a los ojos pero bien al alma, dicen.
Por eso las mujeres se casan de blanco.
Lo oscuro del asunto es que
la gente
se inquieta excesivamente de lo que no es blanco.
De las mujeres que no se casan de blanco.
De las mujeres que no se casan.
De las mujeres que no se podían casar.

En eso estabas cuando te levantaste.
Los ruiseñores que se salvaron de la fiebre Harper
confiscaron la valla cuartelera
y Martín pescador te dejó pasar.

Te levantaste.
Dejaste el grifo entreabierto
chorreando escalas de grises,
le preguntaste a un daltónico si el verde ocre sería capaz de favorecerte
y encuadernaste las cenizas del cigarro consumido

que habías dejado prendido sobre un cajón de la cómoda.





*en Las uñas sucias y otras poesías, 2013.



domingo, 4 de mayo de 2014

★ciento uno que no somos dálmatas




Entonces habrá que escribir alguna cosa que hable del amor y de las plantas ahogadas del patio, que hable de las máscaras que puede alcanzar la lujuria, el agua estancada, la cuerda con que nos suelen maniobrar los sexos, la paciencia atormentada.
Entonces habrá que pecarse las perfecciones con manchas de rush en los cuellos de las camisas y gusto a marihuana en los premolares, y así, pecadoras y todo, habrá que canonizarlas. Entonces habrá que contaminarle la papa al estofado y discriminarle los desperdicios adheridos a la loza maltratada del plato, habrá que entregarles a los gatos todos los techos con las goteras limpias.
Entonces habrá que ofuscarse un poco, que corromperse los recuerdos y que procurarse pensamientos cínicos en cada cornisa del mundo en la que todavía no nos hayamos parado; habrá que sospecharse siempre en quiebra, con la confianza resentida y la imaginación exhausta. Entonces habrá que caminarse constantemente las vísceras con los talones ampollados y la mitad del césped del sendero sin terminar de podar.
Habrá que inmortalizarse todas las vidas, entonces. Habrá que aplicarles piedra pómez a los cuerpos de caballería, a los de bomberos voluntarios y a los de muñecas Barbie prefabricadas; habrá que aparecerse a primera hora en la oficina con el lampazo de corbata y el envoltorio de los hígados y de los corazones empapado en vinagre.
Entonces habrá que apagarles las alarmas, las bocinas y los timbres a todas las bocas entreabiertas por las que salgan letras escritas (que total vienen siendo todas sordas); habrá que inventarle a deseo algún otro sinónimo y a la chusma aristócrata alguna otra sociedad, en la que pueda vomitarse las falsas elegancias sin tener que andar leyendo el prospecto.


Entonces habrá que escribir alguna cosa. Habrá que hacerle unos cuantos hijos a la vanguardia abandonada del alfabeto y habrá que proveerles después algún tipo de educación, algún tipo de mentira, de utopía, de cuento de hermanos Grimm. Entonces habrá que quedarse para verlos desaparecer, habrá que aguantarse. Para cuando hayan vuelto – ya convertidos en libros de textos o en envases domésticos de frutas y hortalizas – habrá que autoabastecerse de alguna otra manía, habrá que salirse del invicto, habrá que escapar.